• Museo de la Revolución

Abre la bocuti

Píter Ortega Núñez |



A veces me he puesto a meditar sobre cuáles son las causas que hacen que el reguetón esté entronizado como la música preferida de un sector mayoritario de la juventud cubana. Me ha servido como pie forzado la pregunta de un colega que me decía: "¿Por qué si en los setenta el ídolo de los jóvenes era Silvio, ahora lo es El Chacal?" Interesante pregunta, que nos convoca a indagar en las razones que subyacen a esa mutación. Si me sitúo en una plataforma de análisis marxista y hauseriana, y enfoco el arte desde los condicionamientos sociales que lo engendran, llego rápidamente a la conclusión de que no hay otro tipo de música que se ajuste mejor a la psiquis, el modus operandi, las aspiraciones vitales y la sensibilidad de la mayor parte de la juventud cubana de hoy (y hasta me atrevería a decir "de la sociedad cubana actual en su totalidad").


En la Cuba de los setenta todavía quedaban utopías, aún había gente con ganas de pensar, con deseos de cambiar el mundo. Gente que creía en "el mejoramiento humano, en la utilidad de la virtud", en los anhelos de progreso y emancipación social. La Cuba de los dos mil, en cambio, está signada por el desencanto, el descreimiento, la abulia. Ya nadie cree en los reparadores de sueños, quizás porque ya no existen sueños. Tal vez porque solo existe la pesadilla de la mentira, de la demagogia, de la censura. La Cuba de hoy no tiene proyección de futuro, vive empantanada en un presente inamovible, que la asfixia y anula. En consecuencia, sus jóvenes padecen ilusiones truncas (o, peor aún, se desentienden de toda ilusión), habitan únicamente el aquí y el ahora, sin la previsión de un mañana. Nada les motiva, mucho menos los gestos de rebeldía. Optan por la evasión que supone esa clandestinidad de La Habana nocturna, la de las putas y jineteras, la de las drogas, la de la violencia ciudadana, la de los chicos que salen de la escuela a vender su cuerpo por 10 cuc. La Habana de los gritos, de la incivilidad, de los "aseres". La ciudad que demuestra que instrucción no siempre es sinónimo de educación y cultura. La Habana donde se "vive" sin trabajar, recostado a una acera; donde se sobrevive del invento y el robo. Donde arreglarse un diente cuesta 20 cuc, o una consulta médica una jaba de carne.


En medio de ese hastío generalizado que viven nuestros jóvenes, qué mejor música que el reguetón. No hay un reflejo más transparente de la decadencia irreversible de la sociedad cubana. De un joven incapaz de cederle su asiento en un bus a una anciana o una mujer embarazada, no se pueden esperar otros tarareos que no sean "quimba pa´ que suene", "dame un chupi chupi, abre la bocuti, trágatelo tuti", y un etcétera muy largo. Para este trabajo realicé una encuesta a 30 jóvenes al azar, en calles habaneras. De ellos, 29 declararon jamás haberse leído un libro en su vida. Nada, ni siquiera una novelita rosa. ¿De qué nos asombramos entonces?


Tal vez no quieren pensar mucho, porque ¿para qué pensar? En Cuba pensar solo conduce a ser un "muerto de hambre" como todo buen filósofo o filólogo, o al ostracismo y la censura como muchos activistas de la oposición. Entonces resulta más cómodo tener la cabeza vacía, e irse a G y 23 a echarse un buen porro y hablar de los nuevos tatuajes que se hizo mi novia en la nalga. Lo cual es triste, porque el futuro de un país son sus jóvenes.


Y el problema no es solo que escuchen el reguetón, sino que desconozcan que existe un mundo de opciones más allá de él. Eso es lo grave.


Pero el tema es complejo. Cuando decimos que las letras y motivaciones del reguetón son vulgares, podemos caer fácilmente en una trampa. Y es que el concepto de lo "vulgar" es históricamente cambiante, relativizado. Muta con el paso del tiempo. Es bien sabido que, en su momento, cuando surgió el danzón, este fue muy atacado, por la manera tan sensual en que el hombre y la mujer bailaban pegados, y para muchos fue considerado dicho acto como "vulgar" e inmoral. Hoy, el danzón es considerado acervo invaluable de la nación. Quizás dentro de cien años nuestros nietos echen carcajadas debido a la manera tan "ingenua" en que hoy atacamos la presunta falta de pudor y decencia del reguetón. Quién sabe.


Lo que sí me queda claro es que el asunto no se resuelve censurando. Nunca entendí por qué le fue retirada en su momento la nominación al Premio de la Popularidad de los Lucas (1) al video "Chupi chupi" de Osmani García. Si la población votó mayoritariamente por él, entonces, ¿es popular o no? El galardón de la popularidad no lo decide un ministro o el presidente de un instituto musical, sino el pueblo con sus votos. Pero claro, ahí la cuestión adquirió una dimensión muy política. La cúpula de poder en Cuba se resiste a aceptar públicamente que no somos un pueblo tan "culto" como se ha pretendido históricamente. Permitir que el "Chupi chupi" recibiera el Premio de la Popularidad hubiera implicado aceptar que nuestra población posee un coeficiente de apreciación musical bien bajo.


Además, hay un hecho muy cierto: Lucas premia los trabajos audiovisuales, no exclusivamente musicales. El video del tema en cuestión era un buen video, en lo que respecta a lenguaje audiovisual. Para nada era grosero.


Repito, la solución no está en prohibir. Sería más atinado estudiar qué sucede con nuestra gente, con sus gustos y preferencias musicales, por qué se comportan de esa manera. Qué ocurre con nuestro sistema de educación, con nuestro país todo. Tal vez así hallemos algunas respuestas al caos en que se ha convertido el patrón de apreciación estética de nuestros jóvenes. El problema no es micro, ni tiene que ver con el "Chupi chupi". El dilema es macro, es sistémico.


Otra cosa, no le pidamos peras al olmo. Evaluemos cada producto artístico según su finalidad, para no ser injustos. La intención del reguetón no es filosofar o ponernos a pensar; es simplemente mover la cintura, estimular la libido, acelerar las caderas, disparar el morbo, la sensualidad. Y para eso, funciona. Yo, particularmente, me divertía mucho cuando bailaba el "Chupi chupi", u otros temas del Chacal, William El Magnífico, Patry White, Kola Loca, Insurrecto, Baby Lores, Gente de Zona, Los 4, El Yonki, El Micha... Qué aburrido sería que, en pleno club nocturno, con la cabeza caliente y cerveza en mano, el DJ me tirara a Chopin. ¡Vamos, que todo tiene su momento! Y en mi caso no se trata, como es obvio, de desconocimiento de otras realidades musicales, sino de elección dentro de una pluralidad. A veces nos cuesta entender que la verdadera cultura es sinónimo de tolerancia, de democracia, de diversidad.


Posteriormente pasó algo similar (me refiero a la censura) con El Chacal. Fue suspendido de los Premios Lucas 2012, por una decisión vertical que trascendió la voluntad de los organizadores y el jurado del evento. La causa: una supuesta agresión verbal en público que el músico hizo a José Martí. Como si este fuera intocable (y es que nadie lo es). Pero es obvio que ese no fue más que el pretexto para un pase de cuentas que se venía cocinando con anterioridad. Porque, obviamente, se trató de un chiste del reguetonero en relación con la presunta y mítica vocación de Martí por el alcohol. Solo eso: una broma; por demás, de mucho arraigo popular. Nadie cuestionaría a estas alturas la valía del legado de Martí para la cultura y la nación cubana todas. Recuerdo que fui miembro del jurado en esa edición de los Lucas, y Orlando Cruzata, director general del certamen, nos dijo a todos: "los videos de los temas del Chacal no pueden competir, por una indicación de la Presidencia del ICRT (2). No pueden salir en televisión hasta nuevo aviso". Su rostro estaba apenado mientras lo decía; nunca se me olvidará aquella expresión de angustia e impotencia en su mirada. Y no es que los videos del Chacal fueran particularmente buenos (de hecho, probablemente no hubiesen tenido ningún voto del jurado); lo que molesta aquí es la prohibición, la reprimenda arbitraria y totalitaria. Lo que incomoda es la confiscación del derecho a concursar, ya fuese para ganar o perder. Porque, tal vez no el jurado, pero el público creo que sí hubiese dado muchos votos en favor del clip de "Diciembre", tema interpretado por El Chacal y Yakarta. Y no es que lo crea yo, está en las estadísticas y pronósticos.


¿Hasta cuándo con la censura? ¿Cuándo el poder va a entender que, censurando, no hace más que concederle notoriedad internacional a los implicados? Les hace un favor (y si no, recordemos el éxito de la gira de Osmani García por EE.UU luego de haberle sido vetado el "Chupi chupi").


¿A qué le tememos? ¿No nos estamos haciendo los "progre", los de los cambios y las aperturas? ¿Entonces? La primera apertura tiene que ser de pensamiento, de respeto a la diferencia. Nadie tiene derecho a decidir "esto es vulgar, o esto no es arte, y hemos de sacarlo de la escena cultural". El arte es un reflejo de su tiempo. Y nuestro tiempo insular es bien vulgar, bien ordinario. Cambiemos nuestro tiempo, mejoremos nuestro karma, luchemos por un futuro más noble, y luego, quizás, nuestrosjóvenes vuelvan a escuchar "El reparador de sueños".


1 Máximo certamen del videoclip en Cuba

2 Instituto Cubano de Radio y Televisión


Píter Ortega, El peso de una isla en el amor de un pueblo. 2015.

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